jueves 19 de julio de 2007

Moisés : Relatos

La venganza

En cuanto acabó su discurso, empecé a tramar mi venganza. Por ello, al llegar a casa, dispuse las horcas y busqué en los baúles alguna soga resistente o el viejo juego de grilletes, que alguna vez guardé con la esperanza de no volverlos a usar jamás. Cuando los puse sobre la mesa y observé su brillo de bestias mal heridas, me sentí inspirado para preparar una buena cena. Antes de cualquier arrepentimiento, llamé a su casa y, luego de los falsos saludos de siempre, tendí la invitación.
Cuando llegó, no notó nada raro en mi rostro. Su mano viscosa estrechó la mía; una sensación de asco me invadió. “Espero que no te hayas ofendido con aquello de laberintos verbales, de ánimos sodomitas y falsas destrucciones bíblicas. Sé que tu inteligencia sabe apreciar una frase ingeniosa aun cuando ésta vaya en contra de lo que haces”. Como puse cara de desentendido y esbocé una sonrisa amorosa, creyó que el camino estaba limpio de odios y amenazas.
Una vez que terminamos de comer, le pedí que me acompañase un momento a la biblioteca. Entonces prorrumpí en llanto y comencé a señalar todas las trampas: sobre el escritorio, la horca; colgando tras la puerta, una soga de serpiente y adherido a los estantes de libros, los grilletes chinos de hierro y ácido negro. “Es horrible la venganza”, le dije, “Cuán enferma puede ser”.
“Lo importante es que no lo hiciste”, me contestó, retrocediendo unos pasos, profundamente contrariado, listo para salir corriendo lejos de mi locura.
“No llegarás a ningún lado”, le advertí. “La cena estuvo envenenada: Cesio líquido sobre la ternera y cicuta en el vino. Morirás como un buen romano”.
Él se dobló y trató de provocarse arcadas. Su palidez y la humedad de sus cabellos me trajeron la imagen hosca y avejentada de mi enemigo. Alentado, hice un movimiento rápido, cogí la soga, la enrosqué en su cuello y tiré de ella hasta que no dio la menor señal de movimiento. Con su cuerpo inerte colgando sobre mi escritorio, hablé por teléfono.
“Ven por tu hijo”, le dije a mi enemigo, “No te imaginas con qué gracia representa el fin de la traición y la venganza”.

Las ciudades


Y de pronto sobre una mano cualquiera, bajo los pies del hombre más diminuto y prescindible, puede surgir una ciudad, puede aparecer un edificio color madera, con una mujer sentada en un balcón, abanicándose mientras mira a la señora Flores cruzar sin ánimo la calle vacía, la calle de árboles muertos y de vecinos silenciosos, donde algún perro muere de frío sobre un techo polvoroso y abandonado.
Pero también puede aparecer en cuanto desciende el monarca y besa la pista de aterrizaje, entonces surge espléndida la ciudad con sus hombres de traje, con sus edecanes elegantísimos, sus corbatas limpias, sus hombres que piensan en el mar, en las colinas y estrechan manos y huelen a lociones tenues y deliciosas, mientras saborean un borbón y confían en que la noche llegué pronto como un bálsamo y se los lleve lejos, muy lejos de los altos edificios, de toda esa horrible parafernalia que tanto miedo provoca cuando piensan en ella detenidamente.
Otras veces la ciudad aparece en el maullido de un gato, que salta hacia la ventana con las garras listas para rasgar el ojo invisible, que parece observarlo y medirlo; entonces la ciudad crece como un monstruo, crece de una manera desmedida, desbocada, y se apodera de los hombres solitarios, rasga el corazón invisible de las mujeres que bailan alocadamente en las discotecas, que muestran las piernas largas y desesperanzadas. Y es notable ver cómo la ciudad estira sus dedos erectos para tomar entre las sombras a aquella cintura, cómo estira sus labios para besar a aquellos pechos agitados y ocultos en los ascensores, hasta fatigada recostarse en los hombros calientes y satisfechos y pensar en lo estrecha que son las grietas de las horas, en las inmensas piedras del sacrificio del cada día.
Pero también la ciudad puede estar bajo la mano de un mendigo, con su máscara de tierra, con su boca llena de arañas y caracoles, aguardando al más precavido, puede estar bajo una bota negra, negrísima y manchada de sangre, bajo un cadáver que se disputan las aves carroñeras y es llevado hasta las aguas del río para que las rocas muelan los huesos y destrocen la piel horriblemente negra, pero deliciosa.
Y sin embargo ninguna ciudad es mejor que aquella que surge cuando dormidos caminamos por las calles devoradas de sombra, y vemos tantas luces, tantas formas insignificantes, tantas risas ebrias y díscolas que hasta da pena sentir la pereza de no poder llegar hasta su centro donde algún castillo de príncipes leprosos y doncellas hermosas deben aguardarnos para decirnos cuánto hemos cambiado, lo viejo que estamos, cuán peligrosas están las calles hoy en día, lo triste que nos vemos cuando sonreímos, el riesgo que corremos cuando caminamos por las calles de nuestra ciudad sin mirar hacia todos lados, sin tener los ojos bien abiertos.

Diego : Poemas

poema erótico con discutibles logros personales (y poco original)

Para César Calvo

se escribe un poema
para quitarle la ropa a una muchacha
y hacerle el amor sobre sus palabras
y hacerle el amor sobre las hojas que crepitan
como si fuera otoño
y también se escribe un poema
para tener algo que decirle a la muchacha
porque sus cabellos son así
y la ternura de sus senos
es como la segunda madre
y sus ojos
etcétera.



01.04.07


Ya llegó abril
con sus treinta penas contables
para sostener el hambre
en cada suspiro,
para desear la carne
siempre ajena,
y para no tener esperanzas
de recibir cada día
con entusiasmo.

En abril cada mañana muere
extrañamente...

¡Oh!
primera pena del mes.

Luis : Poemas

Como se ama a un hijo


Expulsado sobre la tierra
se halla en un hoyo.
La llaga surge desde el fondo
como un fósforo extinto.
Y el ojo profundo, vasto, inmarcesible
sólo posee un trazo, un contorno no cerrado
que resbala fuera de sí: un pobre charco
que pisa y que se deshoja.
Ahora grita bajo la almohada
anunciando su nacimiento
no como una pesadilla,
no como un animal perdido.
Tu torcedura ha sido trabajada
por el aire y por el frío;
nosotros también pretendimos
ser artistas de tus dimensiones.
Con ahínco ignorado pulimos
tus costillas y tus carnes,
tus falanges y tus uñas.
¡Lástima que el esfuerzo haya sido humano!



La gran obra


Aristóteles en el día y la noche;
y yo, en el crepúsculo, erijo mi morada.

Romy : Poemas

Titubeos del grillo


Entienda usted,
después de medianoche
ya no hablo como aquellos,
sino despacio y
titubeando,
en cada puesta de sol,
en cada mañana soleada de abejorros
que yace sobre mi helado cuerpo.
Hablo despacio y
titubeando
no por temor,
sino esperando
que alguien me arrastre,
asomando hacia la ventana
su mirada
sobre mi viril cuerpo insatisfecho.
Ya no soy quien teme,
sino aquel a quien oigo despacio
en su habitación
desperdiciar papel,
sirviendo a sorbos el ron
para no embriagar su espera,
mientras se precipita sobre ella
y titubeando,
se desespera
y endereza
su osado pie izquierdo.

Yo no haría
eso que usted hace,
esperar y contar
cada titubeo del grillo.
Solo despierte,
acomode la almohada
e imagínela ebria
tosiendo su nombre,
y piense
de espaldas,
contemplando.



Yo no he tenido la suerte de algunos


Yo no he tenido la suerte de algunos
de hacerse el nudo de la corbata frente al espejo.
Yo desperté un día sobre mi cama
con un libro de Gérard de Nerval
entre mis manos.
¡Ah, esos poetas locos
que tanto hablaron del suicidio
y terminaron ahorcados en las puertas de sus casas!.
Un día desperté con la piel erecta
copulando sobre mi mano
erigiendo la razón de mi placer
sorprendido por lo que hallé.
-No soy un muerto!- grité,
colgado, y con los ojos abiertos,
vigilé una muchedumbre escandalosa acercándose,
observando mi regocijado cuello lagarto
y murmurando:
-¡Era uno de esos poetas locos
que tanto hablaron del suicidio
y terminaron ahorcados en las puertas de sus casas!-

Miguel : Poemas

Länder


Detén aquí mismo los caballos.
He de bajar del coche
para extraviar las piernas bajo la nieve.
Tú sigue de largo hasta donde desees,
de ahora en adelante el universo que resta es tuyo.

Yo tentaré a la tierra
a confundir los dedos de mis pies con raíces;
el manto de lluvia cana no es tan profunda
y ya llego a sentir la hierba seca
mientras escarbo, sabueso, de rodillas.

¿Preferirá la bruma cubrirme primero el lomo,
o tomará la iniciativa por la punta de mi nariz?
Si desease esquivar el frío
andaría en diagonal con pasos cortos,
como zorro ingenioso y comedido;
pero hoy intento entregar con éxito
huesos que cargo con vergüenza a la pradera.

El suelo me aceptará animal egoísta como alimento,
tal vez lobo famélico, liebre sin madriguera;
pero no deseo su caridad de albergue,
que pase por alto al farsante arrepentido.
Para hoy me he frotado el cuerpo
dispuesto a abandonarlo como un tronco,
talado, si quieres,
perdido de hojas, con las manos vacías,
repleto de nidos culpables en la frente,
hueco de anillos,
carcomido desde la semilla,
pero árbol al fin y al cabo...
déjame caer árbol entre corro de árboles,
y que el último grito acobardado
se oiga como madera crujiente en el eco del bosque,
exhalación desgarrada,
pero bronca.

Desde la cabaña,
nadie asome el rostro a la ventana.
No se compadecerá el hombre
por el cerezo caído.



La Cerca


¿Dónde se encuentra la tumba?
¿A qué lado de la cerca rombada?
¿Bajo qué parcela de nieve?

¿Y cuál es el muerto que ahora buscamos?
¿Son acaso los cuatro elefantes enterrados
que asoman la punta de la cola congelada?,
¿o es la tortuga marina
que lleva árboles crecidos
desde el día en que quedó dormida?

¿Es tal vez la liebre infartada,
o el escarabajo indiferente,
o la semilla sin brote?
¿Cuál de aquellos que descansan
bajo este abrigo de bisonte?

Pero si la nieve ha decidido desde hace meses
cubrir la pradera a copo lento,
entonces no seremos nosotros los que desenterremos los cuerpos,
no mancharemos el suelo de barro.
Mejor busquemos al hombre
que ha astillado la piel de la tierra con su mano,
no debe de andar lejos aquél que divide el campo con vértebras de madera.
Él será el cuerpo que necesitamos.
Lo pondremos doblado en dos sobre la cerca.
Yacerá para siempre
sobre el lomo de su serpiente domesticada.

Segunda Etapa 3



Tercer número bifronte

En la portada superior: En Memoria, de José Agustín Haya de la Torre.
En la portada inferior: Mitsuya Nicolás y Otros poemas, de Diego Alonso Sánchez Barrueto.

Segunda Etapa 2


Segundo número bifronte

En la portada superior: Escombros, de Luis Valladares Hernández.
En la portada inferior: Relatos para morir con los ojos abiertos, de Moisés Sánchez Franco.

Segunda Etapa 1




Este es el primer número de nuestra segunda etapa. Para privilegiar la voz de cada autor, y a la vez salvaguardando el ideal de grupo, decidimos publicar tres números bifrontes, de mayor extesión que cualquiera de nuestros trabajos anteriores, pero sin perder el aliento de plaquetas. Cada ejemplar incluía los textos de dos autores, reunidos bajo títulos independientes. Los pequeños libros contaban con dos portadas (como cara y cruz de una misma moneda) desde donde se iniciaba la lectura del trabajo de cada autor, para finalizar siempre -indistintamente de con quién se comenzase- en el centro del libro.
En la portada superior: Vuelta alrededor del parque, de Romy Sordómez Patiño.
En la portada inferior: Espejo de Carbón, de Miguel Ángel Sanz Chung.

Primera Etapa



En la imagen superior: Portada de la primera plaqueta de Sociedad Elefante. A esta plaqueta le siguieron otras cuatro más, de distintos colores -rojo, verde, marrón- pero con las mismas dimensiones y extensión (igual a dos hojas A4 unidas).
En la imagen inferior: Portada de la plaqueta conmemorativa por el primer aniversario. Aunque esta plaqueta guarda las mismas dimensiones de las anteriores, la extensión es mayor. En este número también publicaron otros poetas-amigos invitados (Francisco Izquierdo y Dante Ayllón).

Quiénes lo conforman

Moisés Sánchez Franco (Callao, 1975)
Narrador, crítico y docente. Estudió Periodismo en la Universidad Nacional de la Plata en Argentina y Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Actualmente es docente de la Universidad Nacional Agraria La Molina y del Centro de Estudios Literarios Antonio Cornejo Polar. Asimismo, forma parte del comité editor de la revista de literatura Ajos y Zafiros.

Luis Valladares (1977)
Estudiante de último año de Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, dedicado a la poesía y a la producción cinematográfica.

Romy Sordómez Patiño (Lima, 1982)
Bachiller en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ha publicado los poemarios Vacas negras en la noche (Sarita Cartonera, 2004) y Présago (Santo Oficio, 2005).
Miguel Ángel Sanz Chung (Lima, 1979)
Egresado de la Escuela de Literatura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ha publicado los poemarios La Voz de la Manada (Sociedad Elefante, 2002) y Quién las Hojas (Zignos, 2007).

martes 17 de julio de 2007

¿Qué es Sociedad Elefante?

Sociedad Elefante es el nombre del grupo de creación y publicación literaria que fundamos en el año 2000 seis compañeros de segundo año de la facultad de literatura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en Lima, Perú.

Nuestro primer objetivo como grupo fue conformar un especie de taller, donde cada uno de nosotros pudiera compartir y someter a la opinión del resto sus propios textos, con la finalidad de incrementar el rigor en nuestras lecturas y exigir el máximo de nuestras creaciones. Pero esto no hubiera sido posible si desde el inicio no hubiese existido un nexo de amistad, complicidad y cierta afinidad en la forma de ver y pensar la literatura.

Por ello, el siguiente paso del grupo, una vez que lo consideramos propicio, fue el de la publicación de nuestros textos. Antes de iniciar esa aventura, todos estuvimos siempre de acuerdo en que debíamos respetar tres principios en el carácter de nuestras publicaciones: ser constantes y cumplirlo dentro de periodos determinados, hacer una distribución gratuita y, finalmente, tratar –sin importar el soporte elegido- que el resultado fuese pulcro y cuidadoso con las propias cualidades estéticas del objeto. De esta manera, y dentro de nuestras obvias limitaciones económicas como estudiantes, el formato final fue el de plaquetas de corta extensión que editamos bimensualmente. Con el paso del tiempo, el soporte de nuestras publicaciones se fueron ampliando -gracias al apoyo de personas generosas y comprometidas- y nuestras actividades como grupo también se extendieron: organizamos recitales, participamos como invitados en otros, y, en general, interactuamos de distintas maneras con otros muchos jóvenes que compartían el mismo gusto y preocupación por la literatura.

El quehacer de nuestro grupo se extendió a lo largo de nuestra etapa universitaria. Una vez concluida ésta, las publicaciones bajo el nombre de Sociedad Elefante cesaron, para dar paso a nuestro desarrollo de forma individual.

Ahora, después de cuatro años, y sin que hayamos perdido el contacto y los lazos de amistad, hemos creído conveniente volver a reunirnos como grupo de creación y publicación, sumando a ello la experiencia acumulada en este tiempo y motivados por el deseo de cumplir nuevos objetivos. Por ello, y sabiendo de la importancia vital que ha cobrado en la vida de las personas el mundo virtual –parte ya de nuestro propio mundo-, el soporte en el que ahora nos comunicaremos con ustedes, escritores-lectores, es éste, y es desde aquí que esperamos iniciar un diálogo fructífero a partir de sus propios comentarios.
Confiamos en que el gran objetivo de la divulgación, la comunicación y la complicidad, encuentre bajo este formato la gran posibilidad de extender nuestras voces –las nuestras y las suyas-, liberadas de limitaciones físicas y espaciales.