Moisés : Relatos
Cuando llegó, no notó nada raro en mi rostro. Su mano viscosa estrechó la mía; una sensación de asco me invadió. “Espero que no te hayas ofendido con aquello de laberintos verbales, de ánimos sodomitas y falsas destrucciones bíblicas. Sé que tu inteligencia sabe apreciar una frase ingeniosa aun cuando ésta vaya en contra de lo que haces”. Como puse cara de desentendido y esbocé una sonrisa amorosa, creyó que el camino estaba limpio de odios y amenazas.
Una vez que terminamos de comer, le pedí que me acompañase un momento a la biblioteca. Entonces prorrumpí en llanto y comencé a señalar todas las trampas: sobre el escritorio, la horca; colgando tras la puerta, una soga de serpiente y adherido a los estantes de libros, los grilletes chinos de hierro y ácido negro. “Es horrible la venganza”, le dije, “Cuán enferma puede ser”.
“Lo importante es que no lo hiciste”, me contestó, retrocediendo unos pasos, profundamente contrariado, listo para salir corriendo lejos de mi locura.
“No llegarás a ningún lado”, le advertí. “La cena estuvo envenenada: Cesio líquido sobre la ternera y cicuta en el vino. Morirás como un buen romano”.
Él se dobló y trató de provocarse arcadas. Su palidez y la humedad de sus cabellos me trajeron la imagen hosca y avejentada de mi enemigo. Alentado, hice un movimiento rápido, cogí la soga, la enrosqué en su cuello y tiré de ella hasta que no dio la menor señal de movimiento. Con su cuerpo inerte colgando sobre mi escritorio, hablé por teléfono.
“Ven por tu hijo”, le dije a mi enemigo, “No te imaginas con qué gracia representa el fin de la traición y la venganza”.
Y de pronto sobre una mano cualquiera, bajo los pies del hombre más diminuto y prescindible, puede surgir una ciudad, puede aparecer un edificio color madera, con una mujer sentada en un balcón, abanicándose mientras mira a la señora Flores cruzar sin ánimo la calle vacía, la calle de árboles muertos y de vecinos silenciosos, donde algún perro muere de frío sobre un techo polvoroso y abandonado.
Pero también puede aparecer en cuanto desciende el monarca y besa la pista de aterrizaje, entonces surge espléndida la ciudad con sus hombres de traje, con sus edecanes elegantísimos, sus corbatas limpias, sus hombres que piensan en el mar, en las colinas y estrechan manos y huelen a lociones tenues y deliciosas, mientras saborean un borbón y confían en que la noche llegué pronto como un bálsamo y se los lleve lejos, muy lejos de los altos edificios, de toda esa horrible parafernalia que tanto miedo provoca cuando piensan en ella detenidamente.
Otras veces la ciudad aparece en el maullido de un gato, que salta hacia la ventana con las garras listas para rasgar el ojo invisible, que parece observarlo y medirlo; entonces la ciudad crece como un monstruo, crece de una manera desmedida, desbocada, y se apodera de los hombres solitarios, rasga el corazón invisible de las mujeres que bailan alocadamente en las discotecas, que muestran las piernas largas y desesperanzadas. Y es notable ver cómo la ciudad estira sus dedos erectos para tomar entre las sombras a aquella cintura, cómo estira sus labios para besar a aquellos pechos agitados y ocultos en los ascensores, hasta fatigada recostarse en los hombros calientes y satisfechos y pensar en lo estrecha que son las grietas de las horas, en las inmensas piedras del sacrificio del cada día.
Pero también la ciudad puede estar bajo la mano de un mendigo, con su máscara de tierra, con su boca llena de arañas y caracoles, aguardando al más precavido, puede estar bajo una bota negra, negrísima y manchada de sangre, bajo un cadáver que se disputan las aves carroñeras y es llevado hasta las aguas del río para que las rocas muelan los huesos y destrocen la piel horriblemente negra, pero deliciosa.
Y sin embargo ninguna ciudad es mejor que aquella que surge cuando dormidos caminamos por las calles devoradas de sombra, y vemos tantas luces, tantas formas insignificantes, tantas risas ebrias y díscolas que hasta da pena sentir la pereza de no poder llegar hasta su centro donde algún castillo de príncipes leprosos y doncellas hermosas deben aguardarnos para decirnos cuánto hemos cambiado, lo viejo que estamos, cuán peligrosas están las calles hoy en día, lo triste que nos vemos cuando sonreímos, el riesgo que corremos cuando caminamos por las calles de nuestra ciudad sin mirar hacia todos lados, sin tener los ojos bien abiertos.








